“La conversación” | parte VI

Estuve enojada con él. No, tal vez estuve confundida. O solamente necesité hablar con él. No recuerdo la razón, exactamente, pero teníamos que tener una conversación por alguna manera.

Comunicamos por los “mensajes de humor” del Skype. Pudimos comunicar sin enviar mensajes directamente entre nosotros. Muy pasivo – un indicador de nuestra relación, diría hoy.

Nuestras familias estaban todos fuera de casa. Era el momento perfecto. 

“Estoy lista para charlar, si estás” dije.

“Listo también.”

Y empezamos lo que más tarde yo y mi mejor amiga lo llamaríamos “La conversación.”

Duró tres horas.

“La conversación” | parte V

En aquellos días del viaje semanal, tenía miedo de que alguien supiera que John era el novio – de mi corazón y de mi mente, aun no en realidad. Era un miedo absurdo y infantil, pero lo tenía.

Y qué suerte tenía. Nadie sospechaba nada. De verdad, pensaban que éramos hermanos. Yo podía coquetear y charlar y sentarme con él sin ninguna vacilación.

Pero los momentos favoritos eran los del viaje por carro. Jugábamos el juego de cartas “Uno” por horas y horas, casi sin hablar. Los ojos decían todo lo necesario.

Sentía contenta. Cumplí mi 15 año y el otoño pasó. Seguramente – aunque nunca lo había dicho – él me quería. La escuela me interesaba. Todo estaba bien.

“La conversación” | parte IV

Durante el año largo en que asistí a la escuela privada, mantuvimos en contacto por Skype y correo electrónico constantemente. Cada día, el segundo en que llegaba a casa, miraba a mi bandeja de entrada y a Skype. Terminaba con mi tarea y empezaba una conversación. Los correos y mensajes volaron. La rapidez de mis dedos creció mucho en aquel año.

Jugaba fútbol en el equipo de la escuela. Él venía a unos partidos, aunque no me gustaba que mis amigos miraran cuando jugaba. Nunca me avisaba cuando venía. Mi ritmo cardíaco subía y no era por causa del juego. Su gorro verde me podía poner nerviosa inmediatamente.

Recibía notas y dibujos de mis animales favoritos en mi taquilla.

Y finalmente terminó el año de aburrimiento escolar, de alejamiento de mis amigos. Regresé a estudiar en casa, pero con una adición emocionante.

Iría a estudiar con un grupo de estudiantes. Él iría también. Y cada semana tendríamos una hora y media juntos en el carro. ¡Qué terror, qué perfección!

 

 

 

En un toque

Mientras íbamos traqueteando lentamente en la pista de tierra, me extendí mi brazo y despeiné su cabello, palmeé su cabeza. Mi mano se quedó allí por un momento, descansando en las olas mullidas, castañas.

“Cómo haces eso?”

“¿Qué?” No tenía ninguna idea de lo a que estaba refiriendo.

Su mano vino y cayo suavemente en mi costado, abrazándolo. Sentí la emoción allí, expresado en su mano: un deseo quieto, calmo, el temblor de la vida vivaracha y el afecto en ciernes. Entonces lo sentí en mi mano propio, que todavía se quedó en su cabello.

Nos queríamos. Ocurrió tan de repente que no lo había observado. Tal vez él había hecho caso. Debiera observado. Él había podido sentirlo aunque yo no había dado cuenta – este trasfondo de comunicación emotiva en mi toque. ¿Cómo lo hice?? ¿Cómo lo hizo? No tenía ninguna idea.

 

 

 

 

 

“La conversación” | parte III

Al principio, negué que me gustó John. No pensaba que pudiera ser verdad. Lo consideraba un amigo, un compañero de equipo. Nada más.

Pero, después de unos meses – o, si hubiera sido honesta con mi misma, unos momentos después de que mi mejor amigo me lo dijo – empezaba a creer que a mí me gustaba John.

A la misma vez que yo me estaba convenciendo del hecho sobre que no quería  pensar, empezó los correos electrónicos y los mensajes por Skype. Habían miles y miles de correos entre yo y él y él y mi amiga. Tuvimos una amistad feliz y divertido.

Y lo respetaba. Respetaba su actitud y sus opiniones y acciones en la escuela. Respetaba como trataba a mis hermanitos. Respetaba su inteligencia. Todo.

Aún yo amaba toda su familia, especialmente sus padres. Me llevaba bien con ellos. Ellos se llevaban bien conmigo

Y a él le gustaba a mí.

“La conversación” | parte II

Conocí a mi mejor amiga a los 12 años. Obviamente, no era mi mejor amiga a primera vista, pero después de unas semanas de sufrimiento mutual en la clase de latín y unas llamadas largas por teléfono para estudiar, nos hicimos mejores amigas.

Estábamos en mi cuarto, echadas en la alfombra, charlando. No recuerdo exactamente como empezó, pero al fin, me encontré diciendo que, si tuviera que casarme con algunos de los chicos mañana, me casaría con él. Con John. Era una situación hipotética. Lo dije inocentemente, con todo la simplicidad de una niña quien tuviera la mitad de mi edad. Era la verdad, pero nada más.

Mi mejor amiga nueva me dio una mirada intencionada y me sonrió.

“¿Queeeeé?” dije.

“Te gusta él”, me contestó. Rió. “Yo y Anna hemos estado esperando que lo confesaras por años y años.”

 

“La conversación” | parte I

Tenía unos 10 años cuando le conocí. Él tenía 11 años y podía correr rápidamente. Aunque no era lo mayor del grupo de niños, era los más rápido. Lo admiraba y envidiaba por su velocidad.

Siempre estábamos en el mismo equipo para el partido de fútbol. Casi siempre ganamos. Estábamos en el mismo clase de memoria. Fue yo y los tres chicos. ¡Qué divertido fue! Aprendimos los países del mundo y unos poemas. Toda la clase era un chiste.

Así fue por dos años – yo jugando con él, mi hermano menor jugando con lo suyo. Carreras. Mil carreras. Yo y él, siempre los campeonas.

Nunca había gustado a ningún chico. Era demasiado joven para esas cosas. Y no pensaban en el amor o los chicos tampoco. Para mi los chicos solamente eran los mejores compañeros de juegos, porque hacían los juegos activos  y violentos. No les interesaban las muñecas. Eran mi gente. Nada más.