Natación

Para mí nadar no es tan fácil.

Bueno, no es que no puedo nadar. Puedo, gracias a Dios y mi mamá para mandarme, contra mi voluntad, a clases de natación en una piscina municipal en las mañanas tempranas del verano.

Puedo nadar. Pero el problema ocurre cuando intento a nadar con otras personas. Hacemos “natación en círculo.” Y soy una amenaza.

Las brazadas de mis brazos hacen tsunamis pequeñas en el andarivel. En el crol a salpicadura de mis piernas echa agua en los ojos de mis compañeros. Cuando hacemos el estilo brazado, pateo a los nadadores en los otros andariveles. En estilo espalda atropello los pies de la persona enfrente de mí. Equivoco el número de metros, retraso la línea con mis pausas incorrectas y causo confusión cuando nado fuera de orden.

Cuando nado, estoy una desastre.

 

 

“La conversación” | parte V

En aquellos días del viaje semanal, tenía miedo de que alguien supiera que John era el novio – de mi corazón y de mi mente, aun no en realidad. Era un miedo absurdo y infantil, pero lo tenía.

Y qué suerte tenía. Nadie sospechaba nada. De verdad, pensaban que éramos hermanos. Yo podía coquetear y charlar y sentarme con él sin ninguna vacilación.

Pero los momentos favoritos eran los del viaje por carro. Jugábamos el juego de cartas “Uno” por horas y horas, casi sin hablar. Los ojos decían todo lo necesario.

Sentía contenta. Cumplí mi 15 año y el otoño pasó. Seguramente – aunque nunca lo había dicho – él me quería. La escuela me interesaba. Todo estaba bien.

La matemáticafobia

Tengo miedo de la matemática. No, la situación es peor. Temo que de verdad tengo terror de la matemática. No es razonable ni explicable, pero lo tengo.

No sé exactamente que es la causa de mi temor. No recibía malas notas en la matemática en la secundaria. No tenía maestros malos. Nada. Pero, siempre luchaba con el sujeto. Nunca hacía una tarea perfecta ni un examen preciso. A pesar de todas las potencias de mi mente, todas mis lágrimas de frustración, todas las lecciones repetidos, nunca podía lograr la perfección ninguna vez. Supongo que eso es el problema. Guardo rencor a la matemática, porque me venció.

Sin embargo hoy me obligué a inscribirme en una clase de matemáticas. Hay que tomar una algún día porque la universidad lo requiere para graduarse. Mejor tomarlo ahora que en el futuro. Pero qué horror fue.

Fui a la oficina de los consejeros académicos para pedir matricula en la clase. Así fue:

La consejera: Esta clase tiene unos prerequisitos.
Yo a mi misma: ¡Sí! ¡Y qué MARAVILLOSO que no los tengo! 
Yo: Si, lo sé. Pero ¿puedo saltarlos por una prueba de nivel?
Ella: Por supuesto, si quieres tomarlo.
A mi misma: Jaja, seguramente voy a fracasar la prueba. Sin ninguna duda.
Yo: Ah, pero, ¿mis calificaciones de esta examen pueden sustituir por la prueba, no? 
Ella: Ehhhh, tal vez. [Busca en su libro.]
A mi misma: ¡UNA DUDA!
Ella: Ah, si, estás correcta. 
A mi misma: NOOOOOOO
Yo: Excelente. 
Ella: Pero, tendrás que tener una calificación suficientemente alto.
A mi misma: Malditas sean mis calificaciones buenas. 
Yo: Si, la tengo. 
La consejera: Bien, estás matriculada en la clase. 
Yo a mi misma: Mátame, alguien. ¿Alguien? ¿Por favor?
Yo: Muchas gracias. 

Es una clase de ocho semanas – no 16 como los semestres normales, sino la mitad. Tendré que aprender y trabajar al ritmo doble. Me da náusea pensarlo. Rece para mí. Porque tengo la matemáticafobia.

La explosión de la fiesta del nuevo año

Cada año tenemos una fiesta para celebrar la llegada el nuevo año. Invitamos a todos nuestros amigos, de todos los círculos de conocimiento. La fiesta empieza al anochecer y dura hasta la medianoche o un poco después. Proveemos las bebidas y un fuente de chocolate. La gente trae bebidas, tentempiés y a veces fuegos artificiales.

Era cerca medianoche y todos los jóvenes rodeaban el fuente de chocolate, comiendo, burlándose y charlando. Había goteos de chocolate en la encimera y en todo. Los adultos estaban afuera la casa para preparar los fuegos artificiales.

Matt me preguntó, ¿”Qué ocurriría si pusiera una almendra en el fuente”?

Le contesté, “No sé, pero creo que nada ocurriría, porque el fuente la sorbería hasta el cima y la almendra caería con el chocolate. Puedes intentarlo, si quieres”. ¡Que contestación fatal!

Matt lo hizo y había una explosión de chocolate. El cuerpo del fuente torció en el aire como un helicóptero y el chocolate salpicaba en todos partes. La gente cercana tenían chocolate en la ropa, en el cabello, en la cara. Había puntitos de chocolate en el techo y piso y gabinetes. Unos segundos de silencio reinaban y entonces nos reíamos y empezamos a limpiar.