Amarilis | perfil 1

Nombre completo: Amarilis Florida

Sobrenombre: Amari

Edad: 23 años

Género: feminino

Fecha de nacimiento: desconocido

Etnicidad: Asiatica-africana-americana

Ocupación: traductor

Pelo: negro profundo, rizados al tamaño de un dedo, largo a los hombros, llevado como
una melena

Ojos: marrón como el café fuerte, con manchitas de oro

Acento: neutral, de ningún país ni lugar

Altura: baja

Peso: compacta, fibrosa

Tatuajes y perforaciones: una tatuaje al base del cuello, una perforación en una oreja

Cicatrices: una línea fina encima de todos los dedos

“La conversación” | parte VI

Estuve enojada con él. No, tal vez estuve confundida. O solamente necesité hablar con él. No recuerdo la razón, exactamente, pero teníamos que tener una conversación por alguna manera.

Comunicamos por los “mensajes de humor” del Skype. Pudimos comunicar sin enviar mensajes directamente entre nosotros. Muy pasivo – un indicador de nuestra relación, diría hoy.

Nuestras familias estaban todos fuera de casa. Era el momento perfecto. 

“Estoy lista para charlar, si estás” dije.

“Listo también.”

Y empezamos lo que más tarde yo y mi mejor amiga lo llamaríamos “La conversación.”

Duró tres horas.

“La conversación” | parte IV

Durante el año largo en que asistí a la escuela privada, mantuvimos en contacto por Skype y correo electrónico constantemente. Cada día, el segundo en que llegaba a casa, miraba a mi bandeja de entrada y a Skype. Terminaba con mi tarea y empezaba una conversación. Los correos y mensajes volaron. La rapidez de mis dedos creció mucho en aquel año.

Jugaba fútbol en el equipo de la escuela. Él venía a unos partidos, aunque no me gustaba que mis amigos miraran cuando jugaba. Nunca me avisaba cuando venía. Mi ritmo cardíaco subía y no era por causa del juego. Su gorro verde me podía poner nerviosa inmediatamente.

Recibía notas y dibujos de mis animales favoritos en mi taquilla.

Y finalmente terminó el año de aburrimiento escolar, de alejamiento de mis amigos. Regresé a estudiar en casa, pero con una adición emocionante.

Iría a estudiar con un grupo de estudiantes. Él iría también. Y cada semana tendríamos una hora y media juntos en el carro. ¡Qué terror, qué perfección!

 

 

 

“La conversación” | parte III

Al principio, negué que me gustó John. No pensaba que pudiera ser verdad. Lo consideraba un amigo, un compañero de equipo. Nada más.

Pero, después de unos meses – o, si hubiera sido honesta con mi misma, unos momentos después de que mi mejor amigo me lo dijo – empezaba a creer que a mí me gustaba John.

A la misma vez que yo me estaba convenciendo del hecho sobre que no quería  pensar, empezó los correos electrónicos y los mensajes por Skype. Habían miles y miles de correos entre yo y él y él y mi amiga. Tuvimos una amistad feliz y divertido.

Y lo respetaba. Respetaba su actitud y sus opiniones y acciones en la escuela. Respetaba como trataba a mis hermanitos. Respetaba su inteligencia. Todo.

Aún yo amaba toda su familia, especialmente sus padres. Me llevaba bien con ellos. Ellos se llevaban bien conmigo

Y a él le gustaba a mí.

“La conversación” | parte II

Conocí a mi mejor amiga a los 12 años. Obviamente, no era mi mejor amiga a primera vista, pero después de unas semanas de sufrimiento mutual en la clase de latín y unas llamadas largas por teléfono para estudiar, nos hicimos mejores amigas.

Estábamos en mi cuarto, echadas en la alfombra, charlando. No recuerdo exactamente como empezó, pero al fin, me encontré diciendo que, si tuviera que casarme con algunos de los chicos mañana, me casaría con él. Con John. Era una situación hipotética. Lo dije inocentemente, con todo la simplicidad de una niña quien tuviera la mitad de mi edad. Era la verdad, pero nada más.

Mi mejor amiga nueva me dio una mirada intencionada y me sonrió.

“¿Queeeeé?” dije.

“Te gusta él”, me contestó. Rió. “Yo y Anna hemos estado esperando que lo confesaras por años y años.”

 

“La conversación” | parte I

Tenía unos 10 años cuando le conocí. Él tenía 11 años y podía correr rápidamente. Aunque no era lo mayor del grupo de niños, era los más rápido. Lo admiraba y envidiaba por su velocidad.

Siempre estábamos en el mismo equipo para el partido de fútbol. Casi siempre ganamos. Estábamos en el mismo clase de memoria. Fue yo y los tres chicos. ¡Qué divertido fue! Aprendimos los países del mundo y unos poemas. Toda la clase era un chiste.

Así fue por dos años – yo jugando con él, mi hermano menor jugando con lo suyo. Carreras. Mil carreras. Yo y él, siempre los campeonas.

Nunca había gustado a ningún chico. Era demasiado joven para esas cosas. Y no pensaban en el amor o los chicos tampoco. Para mi los chicos solamente eran los mejores compañeros de juegos, porque hacían los juegos activos  y violentos. No les interesaban las muñecas. Eran mi gente. Nada más.

 

Le conocía | parte IV | fin

De repente se levantó. Era como su forma poderosa empujara la roca más profundo en la tierra para que él pudiera estar a pie. No era que sus piernas enderezaron, sino que la roca se hundió.

Me llamó con un gesto de la cabeza. Era un pedido y también una pregunta.

Lo seguí.

Andamos por la calle principal  en la que se ubicaban todos los destinos importantes: los bancos, la tienda de comestibles, la ayuntamiento, la ferretería, la hospital.

La hospital. La imagen de la caricia triste de sus rizos me agarró el estomago.

El crepúsculo venía, trepando como un cáncer. Como lo que él tendría que conocer tan pronto. No pude rechazar la idea. Tal vez ya le había conocido antes.

Lo compadecí.

Elevé la vista hacia su cabeza. Los rizos oscilaban juntos como una nube con sus pasos. No había puesto atención a nuestra destinación. Mis pensamientos me habían robado unos momentos. Y justo entonces apenas paramos.

Paramos a la peluquería. Me confundí. La escaparate reflejó el ceño fruncido de mi rostro y la sonrisa amplio de lo suyo.

Y entonces comprendí. Allí en la ventana, un cartel.

Le cogí el mano y lo jalé adentro.

Y tomados de las manos, como la pareja vieja del parque, nos cortamos los rizos.

Miramos felizmente, nuestras cabezas ligeras casi rozando, mientras que se hizo la peluca, para una niña rizada en la hospital.

Y nos separamos allá, cada a su vida. Le había conocido, pero nada mas.