Amarilis | perfil 1

Nombre completo: Amarilis Florida

Sobrenombre: Amari

Edad: 23 años

Género: feminino

Fecha de nacimiento: desconocido

Etnicidad: Asiatica-africana-americana

Ocupación: traductor

Pelo: negro profundo, rizados al tamaño de un dedo, largo a los hombros, llevado como
una melena

Ojos: marrón como el café fuerte, con manchitas de oro

Acento: neutral, de ningún país ni lugar

Altura: baja

Peso: compacta, fibrosa

Tatuajes y perforaciones: una tatuaje al base del cuello, una perforación en una oreja

Cicatrices: una línea fina encima de todos los dedos

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“La conversación” | parte V

En aquellos días del viaje semanal, tenía miedo de que alguien supiera que John era el novio – de mi corazón y de mi mente, aun no en realidad. Era un miedo absurdo y infantil, pero lo tenía.

Y qué suerte tenía. Nadie sospechaba nada. De verdad, pensaban que éramos hermanos. Yo podía coquetear y charlar y sentarme con él sin ninguna vacilación.

Pero los momentos favoritos eran los del viaje por carro. Jugábamos el juego de cartas “Uno” por horas y horas, casi sin hablar. Los ojos decían todo lo necesario.

Sentía contenta. Cumplí mi 15 año y el otoño pasó. Seguramente – aunque nunca lo había dicho – él me quería. La escuela me interesaba. Todo estaba bien.

Una botella de agua

Siempre estoy apretada en el fondo de su mochila – mi hogar. Mi piel arruga y la fluida en mi estomago chapalea cuando ella camina. Esta es parte de mi historia.

El semestre pasado los lunes y miércoles eran lo peor. “La lingüística”, dijo ella a si mismo cuando me machucaba con la pesa aguamarina en las mañanas. Mi piel protestaba con crujidos como los del fuego, pero ella no se daba cuenta. Creo que ella odiaba las lunes y miércoles también, porque mi hogar subía y caía con sus suspiros casi diez veces al día. Pero no sé. Uno no se puede entender los seres humanos. Tienen tanto que hacer y siempre están distraídos.

Ojalá que hubiera podido distraerla durante la hora del almuerzo del semestre primero. Ay, que hedor venía de aquellas cajas verdes. Los vi unas veces, cuando me sacó para beber. Creo que ella ponía su comida en las cajas, pero no sé por qué. Antes y después de ponerlo, tenían las cajas un hedor a plástico y comida vieja, podrida. Pobrecita – ahora puedo decirlo así, pero antes la odiaba para poner las cajas a mi lado – supongo que no había otra lugar para su comida. Pero, al principio las cajas no tenían bolsas y los jugos insoportables se filtraban sobre mi cuerpo y mi hogar. Era horrible.

Esas experiencias me pasaron después de la gran aventura. La hogar – la mía, digo – ella rellenó con su ropa, un libro y un lápiz. Me quedé dormida con el movimiento metódico de sus pasos. Me desperté con mucho calor y sus dedos me abrazaron como si fuera su mejor amiga. En los momentos breves en el aire libre, me sorprendí ver un primo “Gatorade” en las manos de un mono. Y me devolvió al mochila antes de que pudiera ver más. El próximo día hacía frío y húmedo. Creo que volamos, pero escuché la palabra “bicicleta.” Me dejó casi un día entero en la hogar vacía. No sé que hacía, pero regresó mojada y feliz con una sonrisa para mi. Otro día en “el camino,” como dijeron sus compañeros. Había sol, lluvia, frío y todo – un clima indeciso. El cuarto día llegamos al cima, los hogares de “las Incas” nos rondaron. “Machu Picchu” dijo ella con una voz de seda.

 

 

Le conocía | parte IV | fin

De repente se levantó. Era como su forma poderosa empujara la roca más profundo en la tierra para que él pudiera estar a pie. No era que sus piernas enderezaron, sino que la roca se hundió.

Me llamó con un gesto de la cabeza. Era un pedido y también una pregunta.

Lo seguí.

Andamos por la calle principal  en la que se ubicaban todos los destinos importantes: los bancos, la tienda de comestibles, la ayuntamiento, la ferretería, la hospital.

La hospital. La imagen de la caricia triste de sus rizos me agarró el estomago.

El crepúsculo venía, trepando como un cáncer. Como lo que él tendría que conocer tan pronto. No pude rechazar la idea. Tal vez ya le había conocido antes.

Lo compadecí.

Elevé la vista hacia su cabeza. Los rizos oscilaban juntos como una nube con sus pasos. No había puesto atención a nuestra destinación. Mis pensamientos me habían robado unos momentos. Y justo entonces apenas paramos.

Paramos a la peluquería. Me confundí. La escaparate reflejó el ceño fruncido de mi rostro y la sonrisa amplio de lo suyo.

Y entonces comprendí. Allí en la ventana, un cartel.

Le cogí el mano y lo jalé adentro.

Y tomados de las manos, como la pareja vieja del parque, nos cortamos los rizos.

Miramos felizmente, nuestras cabezas ligeras casi rozando, mientras que se hizo la peluca, para una niña rizada en la hospital.

Y nos separamos allá, cada a su vida. Le había conocido, pero nada mas.

Le conocía | parte III

Sentamos así allí encima de la roca. Eramos el rey y la reina del parque. Rey y Reina Rizos.

Masticamos las palomitas y papas de vez en cuando. Seguimos la mirada uno al otro. Él miraba una pareja vieja que cojeaban tomada del brazo. Yo les miraba también. Yo seguí una cometa azul serpenteando en el cielo. Él buscó lo que vi.

Era una silencio cómodo. Estábamos contentos estar en el aire libre, rodeados por el mundo y la vida pero todavía separados.

Me sorprendió. La segunda vez del día. Había roto el silencio con una suspira. Sus dedos acariciaron sus rizos, como si intentaran memorizar su textura lujuriosa y forma perfecto.

Mis ojos mostraron rápidamente una pregunta inquisitiva. No pude pararlos. No quería interrogarle, pero mis ojos me traicionaron.