El recorte de periódico

No recuerdo un momento en mi vida cuando el recorte de periódico amarillo y arrugado no estaba pegado al lado del refrigerador con unas piezas de cinta igualmente amarilla. La cocina de mis abuelos maternos está llena de recuerdos antiguos, pero ese papel era definitivamente lo más viejo.

Su lugar no era una de prominencia – solamente el lado que se unía con los gabinetes. Abajo se ubicaban la pila de cupones, los pañuelos de papel y la bolsa de mi abuela. Una lista de números de teléfono lo acompañaba y a veces unos imanes también. Mientras otras cosas en aquella rincón cambiaban, el recorte permanecía.

Era el obituario de mi tía. Nunca la había conocido. Se murió en una choque de carro cuando mi madre tenía unos 21 años. Era su hermana mayor. Supongo que eran las mejores amigas. No lo sé, pero ¿cómo pudiera sido diferente? Había menos de dos años entre sus edades. Se crecieron en el mismo cuarto. Si, seguro que eran amigas bien íntimos.

Y ella se murió.

Y unos quince, veinte, veinticinco, treinta años después, todavía estaba su obituario pegado al lado del refrigerador. Un recuerdo de la otra hija que tuvieron. La familia de seis en vez de cinco. La hija mayor. La hermana. Su memoria siempre en la cocina, como su risotada había estado.

El recorte me puse a preguntarme: ¿cómo sería tener solamente los recuerdos de una persona? Nadie en mi familia cercana había muerto. Y con cada visita a la tumba de mi tía, miraba a la evidencia de los funerales recientes – las flores, la carpa. ¿Cómo estaba para los en el acompañamiento fúnebre? ¿Cómo se sentía  pasar por las calles con la policía como guía?

Descubrí. Mi abuelo se murió. Su tumba se cavó al lado de la de su hija. Pasé al cementerio en la limusina negra. Mi cara era una piedra gris. Sentí nauseabundo de pena.

Después del funeral y una semana con mi abuela estoica, regresábamos a nuestra casa. Unos días después apareció un papelito – no, un recorte de periódico – al lado de nuestro refrigerador. El obituario de mi abuelo.

 

“La conversación” | parte IV

Durante el año largo en que asistí a la escuela privada, mantuvimos en contacto por Skype y correo electrónico constantemente. Cada día, el segundo en que llegaba a casa, miraba a mi bandeja de entrada y a Skype. Terminaba con mi tarea y empezaba una conversación. Los correos y mensajes volaron. La rapidez de mis dedos creció mucho en aquel año.

Jugaba fútbol en el equipo de la escuela. Él venía a unos partidos, aunque no me gustaba que mis amigos miraran cuando jugaba. Nunca me avisaba cuando venía. Mi ritmo cardíaco subía y no era por causa del juego. Su gorro verde me podía poner nerviosa inmediatamente.

Recibía notas y dibujos de mis animales favoritos en mi taquilla.

Y finalmente terminó el año de aburrimiento escolar, de alejamiento de mis amigos. Regresé a estudiar en casa, pero con una adición emocionante.

Iría a estudiar con un grupo de estudiantes. Él iría también. Y cada semana tendríamos una hora y media juntos en el carro. ¡Qué terror, qué perfección!

 

 

 

“La conversación” | parte II

Conocí a mi mejor amiga a los 12 años. Obviamente, no era mi mejor amiga a primera vista, pero después de unas semanas de sufrimiento mutual en la clase de latín y unas llamadas largas por teléfono para estudiar, nos hicimos mejores amigas.

Estábamos en mi cuarto, echadas en la alfombra, charlando. No recuerdo exactamente como empezó, pero al fin, me encontré diciendo que, si tuviera que casarme con algunos de los chicos mañana, me casaría con él. Con John. Era una situación hipotética. Lo dije inocentemente, con todo la simplicidad de una niña quien tuviera la mitad de mi edad. Era la verdad, pero nada más.

Mi mejor amiga nueva me dio una mirada intencionada y me sonrió.

“¿Queeeeé?” dije.

“Te gusta él”, me contestó. Rió. “Yo y Anna hemos estado esperando que lo confesaras por años y años.”

 

“La conversación” | parte I

Tenía unos 10 años cuando le conocí. Él tenía 11 años y podía correr rápidamente. Aunque no era lo mayor del grupo de niños, era los más rápido. Lo admiraba y envidiaba por su velocidad.

Siempre estábamos en el mismo equipo para el partido de fútbol. Casi siempre ganamos. Estábamos en el mismo clase de memoria. Fue yo y los tres chicos. ¡Qué divertido fue! Aprendimos los países del mundo y unos poemas. Toda la clase era un chiste.

Así fue por dos años – yo jugando con él, mi hermano menor jugando con lo suyo. Carreras. Mil carreras. Yo y él, siempre los campeonas.

Nunca había gustado a ningún chico. Era demasiado joven para esas cosas. Y no pensaban en el amor o los chicos tampoco. Para mi los chicos solamente eran los mejores compañeros de juegos, porque hacían los juegos activos  y violentos. No les interesaban las muñecas. Eran mi gente. Nada más.